miércoles, 8 de febrero de 2017

1984, ¿pasado, presente o futuro?

¿Realmente estamos siendo víctimas de un plan orquestado desde las altas esferas para acabar con la libertad y la democracia? «1984» la legendaria novela de George Orwell publicada en 1949 que nos presenta una ficción distópica donde aparecen conceptos como los del «Gran hermano» o la «policía del pensamiento», auténticos hilos conductores de una futura sociedad totalitarista, vuelve a encabezar las ventas en las librerías de EE.UU. y hacerse un hueco entre los libros más vendidos en numerosos países...


miércoles, 4 de enero de 2017

Mariano Rajoy: Felices Reyes Magos.

Nada mejor que aprovechar la fiesta de los Reyes Magos para felicitar a un hombre que, sin duda, a pesar de todos los avatares con los que se ha encontrado en su carrera política puede considerarse como un auténtico hombre afortunado. Casi con toda probabilidad  Mariano Rajoy, un hombre que se ha manifestado abiertamente como un político poco brillante, de pésima oratoria y una imagen que representa la antítesis del hombre de estado, pasará a la historia  como un tipo que que a pesar de sus evidentes debilidades y flaquezas para mayores honras, le ha sonreído la suerte tantas veces en el devenir de su larga trayectoria política como mediocre ha sido su carrera.

Rajoy formó parte del gobierno de José Mª. Aznar.  Y no sólo sobrevivió a aquellos "hilillos de plastilina", que emergían del fondo del mar desde las entrañas del Prestige o a aquel noventa y tantos por cien de ciudadanos que se oponían al disparate de la invasión de Iraq. Rajoy salió incluso, como Aznar o el mismísimo Rodrigo Rato, fortalecido por la ficción en que se había convertido su andadura tras haber puesto en marcha la mayor burbuja inmobiliaria de la historia de España y que junto a otra financiera a escala planetaria y algunas más de la misma índole que la española, sentaron las bases de la mayor crisis económica de nuestro tiempo desde la Gran Depresión de 1929.

La tragedia del 11M vino a facilitar al gallego que fuera otro imberbe de la política, el pseudo-socialista José Luis Rodríguez Zapatero al que, como continuador de las mismas políticas económicas de sus inmediatos antecesores, aquella extraordinaria burbuja le estallara en sus manos haciéndole, a fuerza de propaganda, único responsable de la misma pero confiriéndole mejor que a nadie las causas de ésta para aprovecharse más tarde hasta la saciedad del recurso a la “herencia recibida” y presentándose ante sus fieles exento de semejante estropicio.

La catastrófica gestión del PSOE de la crisis, abrumado por sus indefiniciones y las exigencias europeas y la singularidad del modelo electoral español hizo que Rajoy aún con menos votos que Rodríguez Zapatero en las anteriores elecciones que le habían proporcionado mayoría simple a éste, en las de 2011 le sonrieran con la mayoría absoluta más apabullante de la historia de la joven democracia española.

A partir de ese momento Rajoy y su gobierno sometieron al grueso de la población española a toda clase de suplicios en aplicación de la versión más radical de la ortodoxia neoliberal. Sin embargo, una vez más, la suerte vino a ponerse de su lado y mientras el pueblo era castigado de manera tan indolente, la reducción de los precios del petróleo por parte de la OPEP, consecuencia de su guerra abierta contra el fracking, las consecuentes rebajas de las materias primas por ello y, por otro lado, la desbandada de millones y millones de turistas de los países árabes por la continua inestabilidad de estos, recalando ahora buena parte de los mismos en tierras íberas, ha proporcionado a la llamada macroeconomía argumentos para justificar de algún modo el que sus agresivas políticas den la sensación de que progresan adecuadamente. Por mucho que ese crecimiento se traduzca en la sensible reducción de los porcentajes de desempleo mientras dichos trabajos sean precarios, temporales y mal pagados. Aunque eso sí, fiel a ese nuevo y singular mantra de “consumir más y ganar menos”.

A pesar de dichas contradicciones, ni la sensible devaluación de rentas de la mayor parte de los españoles de a pie, ni la evidente reducción de los servicios públicos, ni los desastrosos datos en cuanto al aumento de la pobreza y los desequilibrios sociales en España, ni el consabido beneplácito de tales políticas para una insignificante pero cada vez más enriquecida minoría, han sido capaces de desalojar a su inquilino del Palacio de la Moncloa. Más aún, el descalabro en cuanto a liderazgo de su tradicional oponente, el PSOE, sumido además éste en la consabida crisis de los partidos socialdemócratas europeos por la pérdida de su identidad y en consecuencia su incapacidad para crear una alternativa a la izquierda del citado marco neoliberal junto a los nuevos partidos oponentes a este, han acabado dotando de una nueva oportunidad a Mariano Rajoy para seguir ocupando el escalón más alto de la política española.

Ahora, para más inri y cuando parecía tener ya encaminado su nuevo gobierno y con Ciudadanos y PSOE a sus pies, una nueva brecha se le ha vuelto abrir en los bajos de su ostentoso buque. Nada menos que el Consejo de Estado ha echado por tierra todas las tesis formuladas hasta ahora por los gobiernos de Aznar y Rajoy en torno a la tragedia del Yak 42 en la que murieron 62 militares españoles y hace responsable directo de la misma al Ministerio de Defensa que comandaba Federico Trillo por aquel entonces.  Ya nos dijo el presidente cuando saltó la noticia que no se había enterado y que “eso” ya era un tema cerrado. En unos días será relevado Trillo, según ha anunciado ya el ministerio de rigor, de su cargo como embajador en Londres –por cierto, el único que no es diplomático-, pero solo porque “le toca”. Trillo desaparecerá durante algún tiempo, para acabar después con algún cargo más o menos rimbombante y más o menos de tapadillo y… aquí paz y después gloria que “ese señor ya no forma parte de…”.

Y todo ello aderezado por un entorno de corrupción en su propio partido hasta las más altas esferas del mismo que en cualquier otro país democrático de nuestro entorno lo hubiese condenado al ostracismo hace mucho tiempo. Pero, como diría Rajoy ya en alguna ocasión, la mayor virtud está en "resistir". Resistir a todos esos envites que le han rodeado en su carrera política y a los que sin hacerles frente en la forma debida, esperando el agotamiento y errores del rival y con el beneplácito de la Diosa Fortuna de su lado, le han acabado reservando su lugar en la historia de este país. Cosas.


martes, 20 de diciembre de 2016

La mayor de las tragedias

Decía Aristóteles que «la única verdad es la realidad», sin embargo la realidad de eso que se llama la clase dominante compuesta por un buen número de plutócratas y sus políticos de cabecera dista un auténtico abismo de esa otra realidad  diaria de la calle que, quiérase o no, es la de la inmensa mayoría de los demás...

jueves, 8 de diciembre de 2016

A vueltas con la Gran Vía de Madrid

Al margen de la polémica generada por la peatonalización de la Gran Vía estas navidades, como ha ocurrido siempre en Madrid cuando se ha dado ese paso en cualquiera de sus innumerables vías cerradas al tráfico dese hace años y que hoy a nadie se le ocurriría poner en entredicho, del mismo modo que ha pasado y seguirá pasando en todas partes como sin ir más lejos en Badajoz cuando se cerró al tráfico la calle Menacho y muy por encima de sus aciertos y errores de ejecución, estamos ante un hecho que no es que resulte pretencioso en modo alguno si no que se ha hecho imprescindible en todas las grandes aglomeraciones urbanas.


De hecho en numerosas ciudades de otros países conscientes de la necesidad de erradicar la contaminación de las mismas–aunque una nueva ola negacionista parece ir tomando forma en eso que llamamos el mundo desarrollado-, hace tiempo que se viene apostando por actuaciones que tienen como fin despejar el tráfico rodado fomentando el uso del transporte público, carriles bici, etc. Para ello se toman medidas como la citada peatonalización de determinadas zonas -en especial en los centros urbanos-, el encarecimiento de los aparcamientos, la restricción del tráfico rodado según diferentes criterios, establecimientos de tasas, etc. Todas ellas encaminadas a la disuasión del uso de vehículos a motor si no es enteramente imprescindible.

La verdad que resulta reconfortante como en numerosas ciudades europeas el uso del tranvía sigue siendo generalizado, por no decir ya el multitudinario de la bicicleta o las prolíficas redes ferroviarias que acercan con fluidez las pequeñas y grandes áreas urbanas. Lo que además sigue proporcionando esa imagen de rancio abolengo a las mismas lejos de la ferocidad de ese torrente incontrolado de modernidad que ha sacudido España desde la década de los 60 y que ha hecho saltar por los aires tantos y tantos recuerdos de nuestra historia pasada.

Lo de la polémica, una vez más el malintencionado uso del marketing político al respecto –solo hay que comparar la diferencia de tratamiento que le daba a la misma noticia el ABC en 2003-, y su legión de enardecidos seguidores, ni merece la pena comentarlo y, sin duda, forma parte de otra historia.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La Globalización y el pequeño comercio


Hace casi 20 años que tomo el desayuno diariamente en el mismo bar desde que llegué a este barrio vital de Badajoz en busca de mejores oportunidades, hastiado de la negligencia de los sucesivos gobiernos municipales que habían llevado a la ruina a su casco antiguo fruto del abandono, la desidia y su inusitada obsesión por la modernidad más allá de los límites de la vieja ciudad. Tanto su propietario como yo, como buenos vecinos, conocemos bastante bien la trayectoria de nuestros respectivos negocios. Aunque podamos discrepar en otras cosas, por ejemplo él es del Madrid y yo del Atléti, en esto del comercio estamos de acuerdo y es que los vientos que soplan no son nada buenos para ambos ni para la mayoría de nuestros congéneres y que este nuevo modelo económico bajo el mantra de que hay que ganar menos y consumir más nos está haciendo recurrir a toda nuestra dilatada experiencia para mantener en pie los mismos.

Aún recuerdo muchos años atrás, inmerso en otras lides hasta que tuve que hacerme cargo del negocio familiar, cuando un magnífico jefe nacional de ventas de los de aquellos tiempos, de los que sabía “vender” en la calle y no como los de hoy  que en la mayoría de los casos apenas si asoman la cabeza más allá de una engorrosa hoja de cálculo y se esconden tras un pseudónimo impronunciable, intentaba convencerme en una animada cena que España avanzaba y tenía que dejar atrás oficios de otras épocas.

Eran los tiempos de la que se dio en llamar “Reconversión Industrial”, cuando los empleados de las fundiciones, los trenes de laminado, de los del yunque y martillazo, se marchaban a su casa a millares para darle el testigo del que se decía caduco oficio a otros pueblos allende de los mares, ávidos de construir nuevos países al albor de la que para estos sería su tardía revolución industrial.

Pero en lo que no caímos, no supimos o quisimos darnos cuenta o, simplemente, quedamos absorbidos por la vorágine del progreso, es que aquella “reconversión” que de una manera u otra, antes o después, se dio en todas las naciones de occidente acabaría dando pie una a nueva redistribución del trabajo y el empleo que sin orden, ni concierto y sin el debido control iba a pasar al cabo de varias décadas una dura factura a las generaciones siguientes de trabajadores, pequeños empresarios y comerciantes.

Nuestro otrora populoso barrio está plagado hoy de numerosos locales donde los curtidos en el medio nos debatimos día a día en lo que se ha convertido un auténtica lucha por la supervivencia mientras vemos como tantos otros se apagan y reabren y vuelven a reabrir con la desbordante ilusión de, en su mayoría, jóvenes presos de esa medicina a la que iluminados más allá de la estratosfera llaman emprendimiento y de la imperiosa necesidad de encontrar un cauce a sus vidas víctimas de la escasez y precariedad de un empleo que debería ser digno y estable.

A la par, las grandes cadenas y centros comerciales controlados por empresas multinacionales acaparan el grueso del mercado amparados en su enorme capacidad de persuasión, sus grandes recursos, en muchos casos las condiciones infrahumanas con las que ellos mismos determinan sus medios de producción y, como no, la complicidad de gobiernos y administraciones públicas en pos de esa nueva diosa llamada “Competitividad”.


Es precisamente esa obsesión por competir en franca desventaja frente a esas grandes corporaciones y desde posiciones de imposible viabilidad y costes inasumibles, la que está llevando a muchos negocios a la bancarrota y mientras sí, mientras no, poniendo en riesgo al resto al recortar los márgenes de beneficio hasta límites igualmente insostenibles. Si a ellos sumamos la falta de profesionalidad en numerosos casos y en otros la inconsciencia de una situación desesperada, conviene en ello un cóctel que conlleva de manera ineludible al fracaso, al cierre del establecimiento, cuando no a la ruina propia y ajena.

Los que creemos de manera firme tanto en la libertad de mercado como en un control por parte de las administraciones en pos del equilibrio y un justo reparto de la riqueza a través de las rentas del trabajo, lejos también de nacionalismos y proteccionismos exacerbados, cuando empezamos a ver los peligros de este modelo de globalización, mucho antes de que se desencadenara esta maldita crisis que se ha hecho crónica para la mayoría y resultado extraordinariamente beneficiosa para unos pocos, empezaron a llamarnos poco menos que bárbaros. Hoy, lamentablemente, se han cumplido todos nuestros pronósticos pero a pesar de ello todavía nos siguen considerando los mismos bárbaros que entonces. Si cabe peor cuando se denuncia el empecinamiento en las mismas fórmulas que han conducido a semejante desatino.

Los nuevos gurús de la economía, tan distantes de la realidad a pie de calle como manipuladores de la misma intentando equiparar los recursos y las ventajas de las grandes empresas multinacionales con los del pequeño comercio, alientan la especialización de estos útimos como la única respuesta a sus propios errores de estrategia y de cálculo. Pero ni existen tantas especializaciones ni dichos recursos están al alcance de esta nueva hornada de emprendedores que pretende implantarse como remedio a un proceso que se ha manifestado tan insostenible como indigno para los trabajadores, sean estos por cuenta propia o ajena.

La Globalización debía entenderse como un proceso de armonización de los bienes de producción de todos los países tal como se preconizó tras la 2ª. Guerra Mundial, favoreciendo un desarrollo sostenible y un más justo equilibrio entre los pueblos. Pero la avaricia y codicia humanas guiadas por una obsesión desmedida por el poder y el dinero, han hecho que tales intenciones hayan quedado relegadas por una inexplicable e insostenible teoría del crecimiento perpetuo en un mundo, además, de recursos limitados. Sin embargo, un reciente trabajo del Instituto de Ciencias y Tecnologías Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona asegura que solo el 4 % de los encuestados seguiría apostando por un modelo de crecimiento a cualquier precio. Curiosamente, un porcentaje próximo a ese 1 % de la población mundial que acumula tanto patrimonio como todo el resto del planeta.


Todavía recuerdo en mi juventud cuando ayudaba a mis padres en el negocio familiar durante la Navidad. Aquellas calles plagadas de comercios del casco antiguo de Badajoz se llenaban de gente y las tiendas estaban repletas de clientes cargados de bolsas y paquetes de regalos que entraban y salían de un sitio y otro. Después me hice adulto y llegué a mi nuevo barrio y disfrutaba de cada campaña de reyes como un desahogo para salvaguardar los meses más difíciles del año. Más tarde llegarían los años locos y el dinero corría a borbotones embriagados por esa borrachera impulsada por el mundo financiero hasta que se cayó en la cuenta de la estafa. Hoy, casi de mayor, inmerso en una batalla encarnizada por mantener a flote mi negocio, como mi amigo en su bar, me temo que aquellos tiempos no volverán.

martes, 15 de noviembre de 2016

Donald Trump, otra bofetada a la democracia.

Cuando el 1 de Enero de la bienvenida al año 2017, se cumplirá una década desde que los vientos comenzaron a soplar de forma desfavorable a un modelo económico capaz de generar inmensas dosis de riqueza pero a la vez provocar enormes desequilibrios sociales. Tras esos diez años de crisis el mantra de lo inevitable y del «no se puede hacer otra cosa» ha traído como consecuencia que el tablero político y el marco social se esté trastocando de manera más que sensible en la escena mundial. Que por ejemplo en España la última encuesta del CIS afirme, a pesar de los optimistas datos macro-económicos, que la percepción real para más del 62 % de la ciudadanía es que el próximo año va a ser igual o peor que este, que en Europa el auge de nuevas formas de fascismo parezcan irreversibles y que un personaje como Donald Trump haya alcanzado la presidencia de EE.UU., el país más poderoso y determinante del planeta...